A dónde va la juventud campesina

Recientemente las llamadas Incubadoras de Negocios, creadas primero en Universidades, pasaron a formar parte de los programas de “autoempleo” para jóvenes campesinos. Dichas incubadoras promueven la organización de grupos juveniles para obtener recursos que servirán para echar a andar pequeños comercios.

Esta política, iniciada desde el gobierno foxista, plantea en el fondo el abandono de la obligación del Estado a garantizar un empleo y una vida dignas, ya que mediante un presupuesto de “chocolate”, supuestamente impulsa a los jóvenes “emprendedores” para que inicien un negocio, el cual, en caso de fracasar, ya no será responsabilidad del Estado, porque según su lógica, éste “ya cumplió”.

En realidad, las Incubadoras, al igual que los programas asistencialistas, sirven para que los partidos políticos se clientelares, además de mantener una base social de jóvenes que se traducirán en votos durante las elecciones.

Es conocido el hecho de que los pocos proyectos productivos para zonas rurales, son captados por los partidos políticos burgueses, y en todo caso cuando son comunidades y organizaciones sociales quienes se ven beneficiadas, es porque arrebatan los proyectos mediante la movilización, ejerciendo presión política.

La población campesina representa un sector altamente marginado en nuestro país. En el caso particular de los campesinos pobres y los campesinos indígenas que por lo general son en su mayoría también pobres, la situación es más grave, considerando el limitado desarrollo de las fuerzas productivas en el campo, así como los acuerdos y tratados neoliberales.

Aunque la situación mísera del campo mexicano es un problema añejo, la realidad es que desde la imposición del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y la consiguiente política de abandono del campo por parte del gobierno mexicano, la situación recrudeció.

La competitividad agraria en el mercado internacional se redujo a las hortalizas, frutas y flores, que finalmente, sólo benefician a unos cuantos acaparadores, no a los todavía millones de campesinos.

La educación, vivienda, alimentación, vestido, son actualmente cosas que las nuevas generaciones nacieron careciendo. El trabajo infantil no es excepción, sino prácticamente norma en el caso de las comunidades, donde para sobrevivir tiene que trabajar hasta el más pequeño de la familia.

Es característico que en estados como Michoacán, Guerrero, Oaxaca y Chiapas, los jóvenes organizados en el movimiento estudiantil provengan de familias campesinas pobres, que con mucho esfuerzo logran enviar a sus hijos a la Universidad, con la esperanza de un mejor futuro para ellos.

La cuestión es que tampoco la educación garantiza un empleo. Según el Fondo de Población de las Naciones Unidas, cada año salen de México 225 mil jóvenes preparados a buscar el trabajo que no encuentran en el país.

La mayoría de las familias campesinas sin embargo, no tienen la capacidad económica para dar educación a sus hijos, en ocasiones ni siquiera para enviarlos a las primarias rurales, porque es preferible que los hijos contribuyan con su trabajo a la economía familiar. La gran cantidad de dinero que con grandes esfuerzos una familia campesina puede reunir, termina en el bolsillo del pollero, para que los padres de familia y los hijos crucen la frontera que supuestamente los llevará a un mejor futuro.

Hasta 2005, se calculó que cuatro y medio millones de jóvenes de origen rural, principalmente mujeres, migraron hacia las ciudades con la perspectiva de una mejor condición de vida, de esta cantidad, tan sólo un millón y medio partieron hacia los Estados Unidos, engrosando las largas filas de jornaleros agrícolas, obreros y empleados cuyo raquítico salario en dólares supera en mucho el poco beneficio que la tierra les daba.

Las empresas agrícolas norteamericanas contratan mayoritariamente jornaleros jóvenes, evidentemente porque poseen mayor capacidad productiva, lo cual es una de las razones por las que la política de control de migrantes se flexibiliza ligeramente, para dar acceso a la mano de obra joven.

Hace algunos años, autoridades migratorias especulaban sobre el flujo migratorio, aduciendo que si en 2005 aproximadamente 200 mil trabajadores norteamericanos pasarían a la vejez, para el 2028 esta cantidad ascendería a un millón y medio, lo cual generaría amplias expectativas de empleo para los jóvenes migrantes.

Pero el trabajo no depende únicamente de factores socio-demográficos, sino en lo fundamental, al menos en el capitalismo, de las condiciones económicas en que éste se encuentre, por ello, las alegres perspectivas de trabajo para migrantes, caen ahora ante la posibilidad de crisis económica.

Sin necesidad de llegar a la crisis, la recesión económica en Estados Unidos, que provocó en los últimos meses la desaceleración en algunos sectores productivos, afectó en primera instancia a los trabajadores, más aún a los trabajadores migrantes, millones de los cuales no cuentan con papeles, por lo cual son prácticamente desechables.

Sencillamente no hay empleo. Los avances del gobierno federal y particularmente de los gobiernos en los estados donde se dan los mayores índices de migración hacia Estados Unidos, son prácticamente nulos. Las declaraciones oficiales ya ni siquiera plantean soluciones a la migración, sino la posibilidad de negociar condiciones flexibles para el empleo de los jóvenes mexicanos en territorio yanqui.

El destino de los jóvenes campesinos es más difícil, pues ya ni siquiera la migración a Estados Unidos es opción viable, por lo menos durante el tiempo que dure la recesión, si es que ésta no se desarrolla en una crisis de monumentales proporciones. Los proyectos gubernamentales tampoco cubren las necesidades de trabajo, en el fantasioso caso de que funcionaran.

La solución sigue siendo la organización independiente de los jóvenes campesinos respecto a los partidos burgueses, la conjugación de su organización con el conjunto del movimiento de trabajadores, la lucha constante para arrancar las mínimas condiciones económicas que se requieren para frenar la migración, para obtener educación y empleo, para frenar el desahucio del campo mexicano, perfilarse pues, en la lucha revolucionaria

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