Sobre el Anarquismo, la Socialdemocracia, el Nacionalismo y el Activismo pequeño burgues.

Frente a la tendencia fascista de la oligarquía se levantan varios frentes de resistencia, que a partir de distintas concepciones político-ideológicas plantean el camino para combatir el régimen. Estas concepciones parten de la realidad material de las distintas clases que las encarnan, ya que el avance del dominio de la oligarquía financiera a través de la política represiva y anti-popular arroja a la ruina a distintas clases y sectores sociales que desesperados por su nueva situación en caída libre a las filas del proletariado, resisten. Esta resistencia no es sólo material, sino también ideológica.

Consecuentemente, de la misma forma en que desesperadamente tratan de salvarse de la ruina material, de la pérdida de sus privilegios y su antiguo modo de vida holgado; intentan asimismo dejar intacta su idea del mundo y del desarrollo social. Confrontando por el camino más difícil la realidad, parten ideológicamente de la resistencia de aquello que niega su estatus, no de lo que racionalmente es insostenible (como la sobreproducción, la anarquía de la producción, etc.), sino de aquello que específicamente a ellos les afecta. Incluso se van contra la clase obrera viéndola por arriba del hombro, considerando que la ruina de la clase obrera es merecida por inculta, por conformista y hasta por holgazanería. Pero no podía ser de otra manera, hablan desde su clase (o mejor dicho, desde la clase a la que pertenecían) y buscan salvar su situación individual. Este hecho explica porqué los fascismos en momentos de auge, se nutren de sectores populares.

De esta forma se van incorporando al combate al sistema, luchando contra esta o aquella medida únicamente, pero muchos de ellos comprendiendo que la falla es del sistema, que el actual modo de producción ya no corresponde con las relaciones sociales de sus actores. Pasan a la lucha popular, trayendo consigo sus conocimientos teóricos, científicos y técnicos; pero también sus prejuicios y concepciones de clase. Todo esto da por resultado la construcción de concepciones políticas que desorientan al movimiento obrero y popular.

Dentro de estas concepciones invernan elementos que en positivo hacen sus esfuerzos por avanzar en la lucha anticapitalista, antifascista, antiimperialista, o tan solo anti-neoliberal; pero también anidan gérmenes de capitulación y conciliación con el Estado, y traición al movimiento contra el régimen.

En los medios de comunicación controlados por los monopolios, claro está que no se pueden encontrar datos objetivos que permitan a las masas comprender a fondo el carácter de cada escaramuza popular. Suerte se tiene cuando se habla de ellas. Lo que lleva a que el obrero que se interesa por la lucha anticapitalista, identifique cualquier movimiento como de avanzada, por el simple hecho de confrontar en determinado momento y de determinada forma la política del gobierno.

En los llamados medios alternativos, tanto impresos como electrónicos, a los que las organizaciones populares recurren para denunciar, documentar la represión y organizar; se tienen mayores datos, pero no siempre la buena voluntad (de la mayoría de ellos) coincide con el análisis científico de las tendencias del movimiento y las perspectivas de lucha. De hecho, lo que prevalece en estos medios es la caracterización moral, que va desde la condena a “los malvados” del gobierno y del imperialismo, apelando a una acción práctica “civilizada”, “dentro de los márgenes de la ley”, “democrática”, etc. A este tipo de interpretaciones políticas se les debe llamar por su nombre: reformistas.

Las expresiones de este reformismo se expresan de una y mil formas, incluso entre más “opciones” es mejor para el sistema, puesto que dispone de mayores elementos de distracción y control para apartar a la clase obrera y los amplios sectores populares dispuestos a movilizarse, para encauzarlos por caminos aceptables al régimen.

A continuación caracterizamos en grandes categorías algunas de estas expresiones.
Anarquismo
Esta tendencia política se encuentra en casi todos los movimientos de resistencia. Permanecen en esta concepción elementos de la pequeña burguesía que reflejan en su actuar rasgos propios de esta clase: espontaneísmo, ausencia de interpretación clasista sobre la realidad, vaivenes y radicalismo sin táctica ni estrategia.

La historia de esta ideología es bastante vieja, y en nuestro país tuvo bastante arraigo en los albores del movimiento obrero hasta la segunda década del siglo pasado. Los ejes de esta concepción son el rechazo a la idea de Dios, el Estado y en general la autoridad, por lo que sus intentos organizativos son imposibles de consolidar.

“La concepción del mundo de los anarquistas es la concepción burguesa vuelta del revés. Sus teorías individualistas y su idea individualista están en oposición directa con el socialismo. Sus opiniones no expresan el futuro del régimen burgués, que marcha con fuerza incontenible hacia la socialización del trabajo, sino el presente e incluso el pasado de ese régimen, el dominio de la ciega casualidad sobre el pequeño productor aislado y solitario. Su táctica, que se reduce a negar la lucha política, desune a los proletarios y los transforma de hecho en participantes pasivos de una u otra política burguesa, pues para los obreros es imposible e irrealizable apartarse de verdad de la política.” (Lenin, Socialismo y anarquismo, 1905).

Actúan en nuestro país bajo los rubros de autonomismo, indigenismo, y en algunos casos con cobertura de las ONG..s, pretendiendo un purismo en su activismo evitando todo acuerdo amplio, terminan por actuar en muchos casos contra el movimiento de masas y aislándose de los esfuerzos unitarios.

Luego de la insurrección zapatista de 1994 muchas de estas tendencias adoptaron también la lucha indígena como bandera. A su manera de entenderla, la separaron de su realidad concreta, de sus contradicciones internas como movimiento ensalzándola como la forma más elevada de organización. Haciendo a un lado los elementos que no se adoptaban a su credo, glorificaron el autonomismo, las formas de producción artesanales y otros puntos que retomaron para justificarse y potenciar su lucha.

Bajo el principio de la autonomía intentan organizarse de forma autogestionaria, pretendiendo quedar fuera del sistema y de sus medidas represivas. En algunos casos creando comunidades a la manera de los socialistas utópicos del siglo XIX, sobreviviendo por el autoconsumo. Con la llegada de los medios de comunicación a gran escala, algunos sectores los han aprovechado para difundir sus ideologías y crear sus propias redes de información.

El problema de esta ideología no es sólo eso, sino lo que representa y las formas de comportamiento que asume en los movimientos de masas, ya que va desde posiciones sectarias de purismo ultra revolucionario, hasta actos de reformismo que se quedan en el inmediatismo.

Con su negación de la participación política no logran pasarse consecuentemente a las filas del proletariado. Independientemente de sus intenciones se encuentran en la realidad de la lucha de clases, y con la pretensión de ponerse al margen de la dominación burguesa, no hacen sino ignorarla y al no combatirla se fortalece.

Atrae en gran medida también porque para amplios sectores en rebeldía les proporciona elementos de seudo resistencia y oposición anti-autoritaria. Oposición que no obedece normas organizativas, planes de lucha ni estrategia alguna, donde sólo se necesita presentarse cuando se quiere y hacer lo que se quiere. Por lo que es un verdadero problema para los sectores proletarios que buscan imponerle disciplina al movimiento, planificar lo espontáneo y organizar lo disperso.

Otro de sus rasgos más característicos es el horizontalismo extremo, donde se busca que todos los componentes de una organización
estén en igualdad de jerarquías, lo que se traduce en verdaderas trabas para asumir responsabilidades. Y cuando esta idea se lleva a los movimientos de masas se paralizan, porque nadie asume el rol dirigente de forma consciente y organizada, cayendo unas veces en el surgimiento de formas retrógradas de dirección política, tales como el caudillismo, desviando la lucha hacia los rumbos que el dirigente le impone. Otras veces se cae en la desmovilización completa y el desánimo, después de ver frustrados los intentos de luchar sin dirección política y sin rumbo.

A raíz del movimiento antiglobalización despuntó esta posición, que atrae también a partir de la imagen de confrontación que se difunde en los medios de comunicación, con estridentes acciones y choques directos con fuerzas represivas, pero sin conexión directa con los brotes concretos de lucha popular en fábricas, colonias o algún otro frente de batalla concreto. Se asumen como combatientes globales sin tener raíz en ninguna parte.

En términos generales, el anarquismo refuerza el reformismo porque las consecuencias de su accionar político no contribuyen a fortalecer la lucha organizada y conciente de las masas hacia su emancipación, introduce la desorganización y no combate las raíces del sistema capitalista, al considerar la lucha económica por encima de la lucha política.
Nacionalismo
Frente a la dominación imperialista, con la imposición a sangre y fuego del llamado Consenso de Washington, que impulsó la privatización en gran escala de los recursos naturales y bienes nacionales de los países neocoloniales, se levanta como es natural una reacción automática de nacionalismo y gran nacionalismo regional.

Esta tendencia tiene sus orígenes contemporáneos en las teorías desarrollistas, que básicamente buscan mejores condiciones de comercio entre países desiguales económicamente, buscando fortalecer el papel del Estado en la regulación de la economía, impulsando la industrialización y el desarrollo propio nacional; también en la teoría de la dependencia de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), dependiente de la Organización de las Naciones Unidas, que buscaba entre otras cosas el fortalecimiento del mercado interno y altas tasas a las importaciones, con el fin de fomentar el desarrollo nacional.

Aunque a sus representantes les gusta remontarse más allá, buscando raíces sobre todo en los dirigentes independentistas latinoamericanos (Martí, Bolívar) y en los impulsores de procesos de desarrollo capitalista (Juárez) y referentes de crítica antiimperialistas (Castro, Chávez, en otros casos, Evo Morales y hasta Lula).

Se nutre en particular de la pequeña burguesía nacional arruinada y de la burguesía media en declive. Retoma incluso elementos de contenido que se pueden encontrar en el llamado nacionalismo revolucionario, producto de la revolución mexicana del 1910-1917, Apelando a la unidad nacional deja de lado el análisis de clase para centrarse en “los intereses nacionales”.

Se vino a fortalecer a partir de la llegada al gobierno de algunos países de América Latina de representantes nacionalista que usando frases de patriotismo se dicen de izquierda y defensores de la economía nacional frente al imperialismo.

Esta caracterización “de izquierda” buscan mantenerla lo más amplia posible, con el fin de introducir en el movimiento antiimperialista recursos que marginan a la clase obrera del proceso de lucha social, llamando más bien “al pueblo”, e incluso “a todas las clases sociales”.

Este nacionalismo de nuevo cuño, igual que el clásico, se construye a partir de la necesidad de la burguesía, como clase en ascenso, de construir su propio Estado, con las características que le son necesarias para afianzar su poder político como clase dominante. Corresponde a lo que les gusta a muchos llamar “surgimiento del Estado-nación”. “El problema fundamental para la joven burguesía es el mercado. Dar salida a sus mercancías y salir vencedora en su competencia con la burguesía de otra nacionalidad: he ahí su objetivo. De aquí su deseo de asegurarse ‘su’ mercado, un mercado ‘propio’. El mercado es la primera escuela en que la burguesía aprende el nacionalismo.” (Stalin, La cuestión nacional).

Por lo que no se debe dejar de lado que esta formación, construida a imagen y semejanza de los intereses burgueses se afianza por así convenir a sus intereses. Ya Marx enseñaba que “los trabajadores no tienen patria”, resaltando que la llegada al poder político del proletariado “no coincide ni mucho menos con el de la burguesía.”

Mientras que para la burguesía el interés es afianzar su poder frente a competidores extranjeros, intentando hacer pasar sus intereses como interés de toda la sociedad, para el marxismo-leninismo lo central es el análisis y los intereses de clase, por lo que el hacer a un lado la tarea de la lucha de clase, para anteponer la lucha nacional, no hará sino perjudicar los intereses de emancipación de la clase obrera.

“Que el proletariado se coloque bajo la bandera del nacionalismo burgués, depende del grado de desarrollo de las contradicciones de clase, de la conciencia y de la organización del proletariado. El proletariado consciente tiene su propia bandera, ya probada, y no necesita marchar bajo la bandera de la burguesía.” (Stalin, Obra citada).

En todo caso, cuando hablan de socialismo, los representantes de esta corriente lo hacen presentándolo como una expresión particularísima, despojándolo del carácter internacionalista que representa de por sí la lucha contra el capital.

Otro elemento que retoman los nacionalistas es la defensa de las obras de los “grandes presidentes”, despojando del carácter de clase que tuvieron todas y cada una de las políticas impulsadas, así como del papel económico, político y social que históricamente representaron tales medidas.

Privilegian el papel del Estado (burgués) para fungir como rector de los bienes de la nación sin mencionar su carácter de clase, se muestran reacios a retomar las experiencias históricas del proletariado en lucha en distintos países calificándolas de extranjerismos; pero apelan a la “Patria Grande” y los próceres latinoamericanos.
Socialdemocracia
Originalmente los partidos obreros llevaban esta denominación, pero después de las traiciones de muchos de ellos, expresada sobre todo en su actitud frente a la guerra imperialista (apoyando a sus burguesías nacionales), se marcó una distancia; luego de la victoria del socialismo en la Unión Soviética, los partidos obreros revolucionarios tomaron el nombre de comunistas. A partir de aquí, la denominación de socialdemócratas o “partidos amarillos” (cosa que en México actualmente queda a la perfección) la tomaron los partidos oportunistas y claudicantes. A estos nos referimos.

A nivel internacional hay varios partidos de este tipo gobernando, lo que nos puede guiar sin equívocos para usarlos de referencia. Por ejemplo, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), que se dice socialista y obrero, pero que en los hechos persigue trabajadores indocumentados, criminaliza a las organizaciones sociales y mantiene una política anti-obrera. A este tipo de partidos se refieren con especial cuidado los analistas de televisión, calificándolos como izquierda moderna e instando a los representantes de esta corriente nacionales a seguir su ejemplo de orden y civilidad, de defensa del libre mercado, las inversiones y sintonía con el concierto capitalista-imperialista internacional.

En nuestro país esta corriente se expresa en varios partidos y bastantes organizaciones, destacando en su análisis las posiciones moralistas, siempre dentro de los causes del Estado burgués, evitando a toda costa la ruptura con el régimen para buscar por todos lo medios la conciliación y el “acuerdo político”. Son verdaderos profesionales de
la maniobra leguleya con la que se mueven para conservar sus prebendas y control sobre movimientos sociales.
Su antecedente inmediato lo encontramos en los partidos que dieron cuerpo al Partido Socialista Unificado de México y sus derivaciones. Actualmente sin duda el PRD, PT, Convergencia, Alternativa socialdemócrata y otros, son los que mejor reflejan el comportamiento de esta posición; lo que no quiere decir que fuera de estos partidos no existan organizaciones que tengan afinidad con el programa socialdemócrata.

A grandes rasgos quienes integran a esta perspectiva son elementos de la burguesía, que recurriendo esencialmente al economicismo y los “cochupos”, se han hecho expertos en estos acuerdos de alcoba para proteger sus propios intereses gran-burgueses y negociar las reformas anti-populares.

Históricamente también han desempeñado este papel. Ya Jorge Dimitrov evidenciaba esta experiencia de ser aliados de la burguesía contra la revolución: “Los jefes de la socialdemocracia encubrieron y ocultaron ante las masas el verdadero carácter de clase del fascismo y no llamaron a la lucha contra las medidas reaccionarias cada vez más graves de la burguesía.” Y demuestra que: “Así desbrozó la socialdemocracia el camino al poder al fascismo, lo mismo en Alemania que en Austria y que en España, desorganizando y llevando la escisión a las filas de la clase obrera.” (Dimitrov, El fascismo y la clase obrera).

Actualmente, el papel de la socialdemocracia se enfoca en la condena de las acciones revolucionarias y de masas, pretendiendo ser los voceros incuestionables del pueblo, cooptando dirigentes de masas. Incluso ofreciéndose de intermediarios de grupos armados. Pero cada vez más sumidos en el desprestigio y en la evidencia de su entreguismo, se apartan de las masas.

Uno de sus medios preferidos es el cretinismo parlamentario, que busca subordinar toda la lucha a los métodos electorales y al debate parlamentario. Discursos estridentes en el parlamento, incluso denuncias, y con el fuero legal de intocabilidad bajo el brazo realizan acciones de protesta dentro del mismo congreso. A la hora de las elecciones se comportan como los demás partidos burgueses, con demagogia y poses de salvadores del pueblo.

No pueden negar que son la oficina de colocaciones de los políticos burgueses que entran en pleitos de vecindad por prebendas, en este tipo de partidos socialdemócratas siempre tendrán su espacio asegurado, vengan de donde vengan y hayan hecho lo que sea. Las reformas para ellos son todo a lo que se puede lograr.
Activismo pequeño burgués “civilista”
Bajo este título se puede aglutinar tanto a todo tipo de grupos pacifistas, legales, religiosos, Organizaciones No Gubernamentales (ONG..s), colectivos, como sindicatos y hasta partidos que se reclaman socialistas.

Sus antecedentes los podemos ubicar en las organizaciones filantrópicas que buscaban aliviar aunque sea un poco la gran miseria de los obreros en los albores del capitalismo; y tiene su reafirmación en los socialismos utópicos del siglo XIX. Actualmente muchos de estos grupos son financiados por corporaciones monopólicas imperialistas directamente o a través de sus pantallas.

En los combates antiglobalización de principios de este siglo XXI en lugares donde se llevaban a cabo reuniones de organismos fiancieros internacionales como la Organización Mundial del Comercio, el Foro Económico Mundial y el Banco Mundial en Seattle, Davos, Génova, etc.; tuvieron su “presentación en sociedad”. Bautizados por Ernesto Zedillo como globalifóbicos, muchos asumieron esta denominación, otros la rechazaron para hablar de otra mundialización o cosas por el estilo.

El fondo de estos movimientos es que inicialmente en su composición estaban organizaciones obreras, sindicatos de diversas ramas, organizaciones populares, campesinos; pero al ser presentados en los grandes medios de comunicación aparecieron como movimientos totalmente nuevos. Ante esto, los teóricos profesionales de la globalización (porque se negaban a hablar del imperialismo) hacían sesudos análisis de las novísimas formas en que se organizaban, en cómo habían retomado el Internet, las redes y rizomas, la horizontalidad. etc.

Lo que se privilegiaba en estos estudios era la manera en cómo habían superado los estrechismos de la izquierda “autoritaria”, como eran post comunistas, otro decía que ya no eran revolucionarios, sino rebeldes. Se convirtieron en una moda, y como todas las modas, sólo era para el que podía pagarla.

Las delegaciones sindicales que acudían a manifestarse dejaban de aparecer, para dominar el panorama charters de turistas revolucionarios que bailando y gritando “combatían” la globalización desarmados de ideología. La lógica es sencilla: ¿Acaso los obreros, campesinos o luchadores sociales que andan a salto de mata podían burlar permanentemente los filtros migratorios de las potencias imperialistas, pagando además gastos de transportación, cuando en sus países eran proezas mantener sus tareas básicas de organización? Así, sólo permanecieron los que podían darse el lujo de viajar para “luchar”.
Este activismo, por su misma heterogeneidad es más difícil de clasificar, pero se comparten entre varios de estos grupos elementos comunes, a la vez que sus teóricos se han encargado de explicarlos.

Uno de ellos es el localismo: lucha local y económica, demandas inmediatas. Bajo el supuesto de que se lucha contra lo global desde lo local. El problema de estas luchas locales es precisamente que ahí se quedan, se rehúsan a plantear salidas de unidad con otros referentes comunes erigen en sistema lo que es sólo una forma de lucha, ya porque resulta cómodo, ya por sectarismo, ya por que son los criterios del consorcio que los financia.

Otra característica es su rechazo a la teoría científica. Sin saberlo retoman los argumentos de los teóricos del neoliberalismo (fin de las ideologías) para rehusarse a elaborar un análisis científico de la realidad, trazar planes de lucha y confrontar con la misma experiencia el desarrollo del movimiento en el que se participa. Es mucho más cómodo y más irresponsable el simple hacer. Practicismo que lleva frecuentemente a la pérdida de rumbo y el desánimo ante los obstáculos de la lucha cotidiana en la que están ensimismados. Otra cara del mismo problema es su reniegue del marxismo-leninismo y los aportes históricos de los combates de los pueblos en todas sus formas de lucha, “hoy son otros tiempos”, dicen los expertos en “altermundismo”, que más se tardan en negar la vigencia de la teoría revolucionaria que en reconocer todos los rasgos del imperialismo mundial de las grandes potencias sin llamarles por su nombre. Para estos grupos la revolución fue cosa del pasado, hoy sólo hay que rechazar las transnacionales, oponerse a los alimentos transgénicos, reciclar y denunciar las violaciones a los derechos humanos.

Lo que caracteriza al reformista es que pone la reforma, el paso concreto, la ardid por encima de la revolución, la perspectiva política, la estrategia; más bien subordinan estas últimas posiciones de fondo, de contenido, y las utilizan como meras medidas de presión o amenaza para reafirmar la maniobra inmediatista.

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