Pacifismo pequeño burgués o lucha pacífica… por el momento

El circo electoral no pudo parar la tendencia ascendente del movimiento. Son tiempos de movilización. Las calles siguen ocupadas en marchas y manifestaciones; supermercados donde los asalariados comprábamos unos caros y corrientes productos, hoy son irrumpidos por enardecidos manifestantes que denuncian su complicidad con el fraudulento candidato. El régimen recula, y el que ha estado seis años ocupando la silla presidencial de manera ilegítima, se ve obligado a condenar la compra de votos. Si quisiéramos explicar qué es el flujo del movimiento, el ascenso de la lucha de masas; con una descripción de las pasadas semanas bastaría.

Pero en esta agitación se expresan diferentes tendencias político-ideológicas, reflejo de las distintas clases movilizadas. Una de estas tendencias es el pacifismo.

Exaltado hasta absolutizarlo, el pacifismo se presenta por sus defensores como fenómeno y esencia de la lucha contra el fraude, como la única expresión y forma de movilización que puede tener legitimidad. Esta concepción se explica por la incursión en masa de la pequeña burguesía arruinada en las manifestaciones callejeras. Temerosa de romper de tajo el orden burgués, esta clase busca conservar el sistema intacto, tanto en su forma política: de república federal representativa, presidencialista –orden de propietarios “cultos y respetables”– como en su esencia: salvaguardando la propiedad privada y el sistema que sostiene el enriquecimiento con el trabajo ajeno.

Para los comunistas, aunque reconocemos el ascenso del movimiento y nos empeñamos en elevar las formas de lucha, sabemos que ésta no es aún –por desgracia- la insurrección proletaria. Pero lejos de sectarizarnos y encerrarnos en nosotros mismos, buscamos la amplitud en forma y fondo del movimiento, avanzar contundentemente en la acumulación revolucionaria de fuerzas, con el objetivo de arribar en breve a un panorama prerrevolucionario. Hasta hoy, la lucha no ha rebasado los medios pacíficos, lo que no quiere decir que la lucha sea pacifista.

¿Cuál es la diferencia? Lo que asume el pacifismo es la condena a la violencia de manera absoluta. A partir de una lectura sesgada de algunos ejemplos de la historia, sostiene que la resistencia al régimen de opresión y explotación no puede enfrentarse por medios violentos, por lo que esgrime formas de lucha pasivas en la confrontación y reduce el activismo en los márgenes del boicot, la protesta ofreciendo la otra mejilla y otras similares. Su ejemplo preferido es Gandhi, a quien rinden culto como un ente ahistórico y fosilizado, sin considerar que la independencia de la India fue de una Inglaterra agotada por la II Guerra Mundial y la Unión Soviética –patria mundial de los proletarios- era un verdadero contrapeso al imperialismo; entre otros elementos.

En cambio, para los marxista-leninistas, la lucha pacífica es apenas una expresión más, determinada por el nivel de desarrollo de las clases en insurgencia, y que obedece a una inferioridad de las fuerzas revolucionarias en un estadio de acumulación y maduración de la lucha de masas. Para los comunistas, la lucha pacífica no significa renegar de otras formas de lucha, ubicamos claramente que la violencia es la partera de la historia; y no por capricho o fijación subjetiva, sino como resultado del examen científico de la historia, que se confirma en cada revolución obrera y popular. Para resumir y a manera de ejemplo: todos los grandes cambios en la vida política de México (la independencia del colonialismo español, la Reforma juarista, la Revolución de 1910-1917) han sido catalizados con una violenta lucha de masas, y acaso la extensión de estas guerras civiles se debió a la ignorancia de las leyes de la historia de parte de sus protagonistas.

Por supuesto que no se debe despreciar la lucha pacífica, sino que debe servir de punto de apoyo para avanzar a formas de lucha más profundas, tanto en el cuestionamiento moral como material del régimen. Los explotados y oprimidos no debemos de tener prejuicios en utilizar todas las formas de lucha, siempre que las ubiquemos dentro de la estrategia y táctica por la emancipación proletaria, abonando a la presente etapa de combate por un Gobierno Provisional Revolucionario y una Asamblea Nacional Democrática y Popular, la cualificación necesaria para sentar las bases y construir la revolución socialista victoriosa.

¿Promovemos la violencia? ¡De ninguna manera! Pero no somos timoratos en reconocer que todo gobierno es la dictadura de una clase contra otra. La violencia no la inician quienes la resisten, sino quienes la legitiman con sus instituciones defensoras de la explotación. La mejor forma de limitar los daños provocados por la violencia del régimen es la unidad más amplia de los oprimidos, cambiando la correlación de fuerzas a nuestro favor para hacer añicos el Estado burgués y restaurar la comunidad de mujeres y hombres libres bajo el reino del trabajo y en armonía con la naturaleza: el comunismo científico.

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